Para lidiar con Putin, primero hay que conocer sus objetivos

De Putin se ha dicho que es un rufián; sin embargo, todavía se ve como un maestro de ajedrez que juega un complicado partido con elementos de violencia y subterfugio.

(Foto: AP).
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Bloomberg.- El presidente ruso, Vladimir Putin, está teniendo una buena racha. El catálogo de sus alarmantes movimientos es bien conocido: agresión en Ucrania e interferencia en Siria del lado del presidente Bashar al-Assad.

También intensificados esfuerzos de inteligencia que pueden incluir una operación híbrida para desacreditar a Hillary Clinton, una máquina de propaganda prolífica e impecable, apoyo para los movimientos nacionalistas y populistas en Europa.

¿Pero por qué Putin está haciendo todo esto? La explicación común es que Putin y su círculo ven la relación de Rusia con Occidente como un juego en el que nadie gana.

Molly McKew, ex asesora de líderes antirrusos de Georgia y Moldavia, escribió recientemente un artículo muy compartido donde expone la visión de que ésta es una guerra e insta a Occidente a actuar para derrotar al agresivo líder ruso.

Un ala de esta escuela de pensamiento se enfoca en la evidente mentalidad sangrienta de Putin y su interés propio. Gary Kasparov, el campeón de ajedrez y opositor de larga data de Putin, afirma que éste “no tiene consideración de lo que es o no es bueno para Rusia o para los rusos, sino solo de lo que es mejor para él y su círculo de elites oligarcas”.

Ambas perspectivas tienen su mérito: la visión de Putin de Occidente, o al menos de su elite centrista, es resueltamente antagónica y revanchista.

La perpetuación de su propio poder es evidentemente un objetivo, que ha quedado demostrado por sus esfuerzos para suprimir la oposición interna a cualquier precio, desde arreglo de elecciones hasta el agobio de los medios.

Pero estos clichés también simplifican las cosas en exceso. En el apuro para establecer los términos de lo que es en todo salvo en nombre una renovada Guerra Fría, los legisladores occidentales corren el riesgo de no poder ver los árboles por el bosque. Para evaluar mejor qué medidas vale la pena contrarrestar, primero debieran tratar de entender los objetivos estratégicos de Putin.

En vez de una cruda mentalidad “nosotros contra ellos”, un cóctel de misticismo e instintos capitalistas parecen animar a Putin y a sus amigos cercanos y ayudantes.

Antón Vaino, jefe de gabinete designado por Putin, coescribió un libro llamado “The Image of Victory” (La imagen de la victoria), que aborda la política global como un juego.

En un tratado esotérico conocido por su discusión del ‘nooscopio’, un extraño dispositivo para “detectar y registrar cambios en la biósfera y en la actividad humana”. Sin embargo, ofrece varias claves sobre el actual pensamiento en el Kremlin. Por ejemplo, hace la distinción entre una guerra y un juego.

“En guerra, estamos nosotros y ellos, amigos y enemigos, frente y retaguardia. Una guerra tiene un final y un principio. Victoria y derrota. Un juego es un sistema de ajedrez, cartas o fichas que se mueven en un espacio distinto del de la guerra, con un grado distinto de proyección de los procesos convergentes de interacción entre adversarios. En un juego, el tiempo fluye de manera distinta y la interacción también es diferente. Uno de nosotros puede ser de ellos, y uno de ellos puede ser de nosotros”.

De Putin se ha dicho que es un rufián; sin embargo, todavía se ve como un maestro de ajedrez que juega un complicado partido con elementos de violencia y subterfugio.

En “The Image of Victory”, el objetivo es económico: un aumento masivo en el valor de los activos rusos, que harían de Rusia un igual para determinar “las reglas del Juego Global”.

Desde el 2012, cuando el libro fue publicado, Putin ha hecho elecciones en política que han priorizado la geopolítica sobre la economía. No obstante, eso no significa que el objetivo a largo plazo haya cambiado.

Hay indicios de que no ha cambiado. Frauke Petry, colíder de Alternativa para Alemania (AfD) –el partido nacionalista pro-Putin que ha avanzado bastante en las recientes elecciones regionales alemanas-, esta semana publicó un ensayo en el semanario suizo Weltwoche, donde aboga por una enorme área de libre comercio que incluiría a Estados Unidos, Europa y Rusia, convirtiendo a la Unión Europea en un bloque principalmente económico y mucho más amplio de lo que es hoy.

Ella escribió: “Con la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, también se abrirán nuevas opciones acá: libre comercio desde Vladivostok hasta Anchorage, pero no con los términos que confieren a la gran industria ventajas competitivas exclusivas sobre empresas medianas.

El mismo Putin ha mencionado en reiteradas ocasiones una zona de comercio desde Lisboa hasta Vladivostok, aunque no la llega a extender hasta Estados Unidos. El Kremlin está buscando canales para comunicar sus ideas en Occidente, y nacionalistas europeos como Petry probablemente son una de las mejores fuentes de la actual agenda de Putin.

El partido Rusia Unida de Putin incluso está entablando alianzas formales con partidos nacionalistas europeos, y el AfD no es una excepción.

También vale la pena recordar que la crisis de Ucrania partió cuando Rusia intervino para meter al país vecino en un área de libre comercio post-soviética que Putin había estado tratando de componer.

Ucrania optó por ser miembro de la Unión Europea (UE); el Kremlin quería conversaciones trilaterales sobre cooperación económica, pero la UE se negó a invitar a Rusia a la mesa.

Entonces, Moscú ejerció presión sobre el presidente Víctor Yanukovich para que demorara la firma de un acuerdo de comercio con Europa, y poco después, los ucranianos pro-Europa lo depusieron.

Tres años más tarde, cuesta imaginar conversaciones amigables entre Rusia, Ucrania y la UE, pero alguna vez esa oportunidad existió.

En otra parte, como con Ucrania, Rusia puede solo querer ventajas económicas relativamente modestas y un asiento en la mesa. Al presionar por mejores términos de comercio y más seguridad, Putin es más predecible que el mercuriano Donald Trump; no tiene que ser una suma cero.

En el Medio Oriente, por ejemplo, Rusia quiere vender sus armas y establecer acuerdos energéticos con Turquía y aliados de Estados Unidos en el Golfo Pérsico.

Estados Unidos y Europa no pierden nada al permitir eso y trabajar con Rusia contra amenazas terroristas en común. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas parece haber reconocido eso al respaldar un cese al fuego patrocinado por Rusia y Turquía; hasta el momento, ha perdurado.

Para muchos en Occidente, Putin destruyó la posibilidad de tal diálogo abierto con su mala conducta militante. La falla estuvo en pensar en términos de retribución. La realidad es que Rusia es una importante potencia nuclear que ningún país, incluido Estados Unidos, quiere enfrentar militarmente.

Sanciones integrales, como las aplicadas a Irán, también son imposibles porque un Putin arrinconado podría adoptar medidas aún más agresivas, incluso poner a prueba la cohesión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Esto puede ser desagradable tanto para líderes occidentales como para los rusos que esperan un gobierno más democrático en su país. Pero no tiene sentido negarlo.

Desde el 2014, el objetivo táctico de Putin ha sido demostrar la futilidad de políticas de contención a medias, la imposibilidad de una guerra abierta y el efecto unificador que una amenaza externa percibida puede tener sobre los rusos.

La demostración ha sido convincente. También ha perjudicado el prestigio de Estados Unidos en el mundo y ha creado nuevas amenazas para la UE.

Pero porque muchos políticos occidentales todavía actúan sin convencimiento, Putin se ve forzado a seguir blandiendo su sable y haciendo sus irrupciones estilo KGB en la política interna de Occidente.

Ni Putin ni la elite que lo rodea quiere seguir haciendo el papel del malo. Muchos de ellos celebraron la victoria de Trump porque, para ellos, significó un potencial respiro.

Un intento genuino por parte de líderes occidentales de hallar un terreno común podría, por supuesto, ser catalogado de entreguismo. Por el contrario, sería una poderosa medida para socavar la ascendencia de larga data de Putin.

Incluso el estropeado “reinicio” de las relaciones Estados Unidos-Rusia durante el primer período de Barack Obama casi tuvo un efecto desastroso en su régimen: la creciente inclusión de Rusia en la economía del mundo occidental bajo esa política enriqueció y envalentonó a la clase media de Moscú, y para el 2011, estaba lista para protestar por fraude electoral y buscar nuevos líderes.

Las actuales hostilidades, en cambio, solo están fortaleciendo a Putin en el poder y debilitando a sus oponentes pro-Occidente, que apenas aparecen en la mayoría de los radares de Rusia.

Paradójicamente, el logro de los objetivos estratégicos máximos de Putin podría derivar en cambio que, a la larga, destruiría lo que se ve como la amenaza rusa de hoy.

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