Stefano, el tatuador que “marca” su vida con historias de sus clientes

Con 23 años de experiencia, Alcántara asegura que la empatía es un valor indispensable para su profesión: “Se aprende de los tatuajes con historias”.

Entre el 2003 y el 2004, Stefano Alcántara tenía solo un estudio de tatuajes, ubicado en La Molina. Paralelamente, el centro comercial MegaPlaza de Independencia empezaba a despegar, por lo que allí el tatuador encontró un buen nicho para ampliar su negocio.

Se reunió con las personas que tenían a su cargo las nuevas aperturas, sin embargo, recibió una respuesta negativa: no estaban interesados en contar con un espacio exclusivo para tatuajes.

De todas formas, el proyecto permaneció latente para Stefano durante más de diez años. Y, hace poco, recibió una invitación para abrir, al fin, su propio estudio en MegaPlaza.

“La oportunidad se dio. Fue como sacarse el clavo de algo que tenía muchas ganas de hacer”.

El nuevo estudio de Alcántara (además de los de La Molina, Miraflores y de Florida, Estados Unidos) abrió sus puertas a inicios de enero, y tiene una buena clientela.

Entonces, ¿qué pasó con la percepción limeña en la última década? Stefano es contundente: el prejuicio sobre los tatuajes cedió el paso a la apreciación.
“Ha cambiado el concepto del tatuaje. Ahora está en todos lados y los tienen deportistas, personajes de la televisión, ejecutivos, doctores, hay reality shows sobre el tema, y el prejuicio ante un tatuado se acabó”.

Nuevos valores
El precio por un tatuaje puede variar de acuerdo al diseño, sus medidas y la dificultad en trabajarlo. Pero para que Stefano, con 23 años de experiencia, prenda la máquina, requiere uno valorizado en, mínimo, US$ 1,000, tarifa que no varía desde el 2014 (Gestión 15. 01. 2014).

“Es mi tarifa mínima. Ningún tatuaje que yo haga me demora menos de lo que vale ese tiempo. Mi estilo es el realismo y hago piezas grandes de cuatro o cinco horas, aunque, cuando empecé, cobraba unos US$ 15 por tatuaje como mínimo”.

Bajo esta idea, Stefano hace una analogía con los chefs, quienes, al escalar alto, solo prenden los fogones en situaciones exclusivas.

Y el segundo símil que encuentra entre ambas profesiones es la valoración por parte de la gente: “Antes ellos eran solo cocineros, hoy son chefs; mientras los tatuadores antes eran quienes les hacían cosas en la piel a los malos, ahora somos artistas, aunque siempre lo fuimos”.

Mensajes profundos
Además del talento, un tatuador debe caracterizarse por la empatía, de acuerdo a Alcántara. Para él, esta cualidad es clave para darle gusto al cliente, pues ello se consigue escuchándolo y aconsejándolo.

Y en su caso, las conversaciones van más allá de una mera transacción de tatuaje por dinero. Tanto así, que algunas historias, cuenta, han calado hondo en su memoria.

“Se aprende mucho de los tatuajes con historias. Recuerdo, en particular, a dos clientes y a sus tatuajes que me convirtieron en otro tipo de persona después de hablar con ellos. Los tatué, pero yo fui quien salió marcado”.

Segunda pasión
Stefano viaja constantemente a convenciones de tatuajes por todo Estados Unidos. Pero cuando está en casa invierte tiempo en su otra pasión: pintar cuadros, actividad que practica desde que tenía diez años y comenzó a ganar premios en su colegio.

Desde el 2015, aproximadamente, ha expuesto en galerías de Barranco, de Estados Unidos y hasta en el Museo Contemporáneo de Roma. “Hasta ahora he vendido la mitad de cuadros que he expuesto, pero espero pronto venderlos todos”.

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