Con la muerte de Castro, Cuba volverá a sus antiguas dimensiones

Uno de los trucos más hábiles de Fidel fue el de haber ayudado a Cuba a dar un giro antes de chocar. Se apartó del poder cuando enfermó y dejó que su hermano Raúl cambiase el rumbo del país.

(Bloomberg) Para un hombre cuya muerte se ha anunciado tantas veces y cuya visión del mundo se redujo hace mucho tiempo al tamaño de una camiseta, Fidel Castro ha provocado una conmoción considerable con su muerte este fin de semana, a los 90 años de edad. Los panegíricos más sentidos venían de Latinoamérica. “Se fue un grande”, escribió el presidente de Ecuador y aliado cubano, Rafael Correa. El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, declaró tres días de luto oficial. “Soñadores y militantes progresistas, todos los que luchamos por la justicia social y por un mundo menos desigual despertamos tristes este sábado”, escribía la ex presidenta de Brasil, Dilma Rousseff.

Quizás cabía esperar esta reacción. El éxito revolucionario de Cuba -en frustrar a Washington, inspirar a generaciones de rebeldes políticos y mejorar la educación y la salud pública- confirió a esta nación insular un aura duradera de fortaleza y respeto en unas latitudes que no estaban acostumbradas a ello. A mí me sedujo su atractivo en la universidad, cuando mis compañeros más populares no iban a pasar sus vacaciones a Cancún o Aspen sino a Cuba, cortando cañas de azúcar para la Brigada Venceremos. Confinado al frío de Nueva Inglaterra, y posteriormente como periodista en Brasil, me contentaba con historias sobre Castro y Ernesto Che Guevara y sus esfuerzos draconianos por enfrentarse a la potencia hegemónica del hemisferio. No importaba que la economía cubana fuese peligrosamente dependiente de otra superpotencia mundial o que la supremacía de Fidel se asentase en sofocar el disenso, la libertad de reunión y de expresión y otros lujos “burgueses”. En aquel entonces uno elegía su bando: “todo el mundo ha de ser comunista o anticomunista”. Así aleccionaban los defensores de Castro al poeta afroamericano LeRoi Jones, mientras este escribía su ensayo sobre el febril período tras la revolución cubana, Cuba libre.

Lo que es más difícil de explicar es cómo ha perdurado esta reverencia. Desde Chile a Costa Rica, los latinoamericanos han elegido. Con algunas excepciones flagrantes, como las autocracias de Venezuela o Nicaragua, la región nunca ha sido tan democrática. La inmensa mayoría de los habitantes de las 34 naciones de América Central y del Sur y del Caribe eligen a sus autoridades en elecciones abiertas, dicen lo que piensan y compran y venden cosas en economías de mercado. Si bien las instituciones nacionales son frágiles y la corrupción abunda, América no ha seguido el ejemplo de Castro.

No es que los líderes latinoamericanos estuviesen ciegos a los excesos de la Cuba castrista. En sus memorias “The Accidental President of Brazil”, el ex presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso cuenta al escritor Brian Winter sobre la reprimenda que Fidel recibió en una reunión a puertas cerradas con dirigentes de la Península ibérica y Latinoamérica en 1999. “¡Maldita sea, Fidel! ¿Qué vas hacer con esa porquería de isla tuya?”, le espetó un líder en la cumbre.Y, sin embargo, ese reproche casi nunca se hizo público, como si Fidel fuese un tío con taras pero querido. “Incluso hoy resulta difícil, al menos en Latinoamérica, para alguien que se identifique con la izquierda condenar públicamente el sistema político de Cuba”, escribe la experta en ciencias políticas de Argentina Claudia Hilb en “Silencio, Cuba”, un libro sobre cómo los políticos de Latinoamérica, y la izquierda en particular, callan ante las disfunciones cubanas. “Yo misma, al elegir las palabras, me esfuerzo por suavizar mis afirmaciones”, escribe.

Hilb atribuye este retraimiento a un punto ciego político: la idea de que los excesos de Castro fueron sólo subproductos desafortunados de un modelo de gobierno por lo demás beneficioso, cuando en realidad la tiranía fue la base de la revolución cubana.

Si Castro recibió un aprobado de la izquierda, tuvo ayuda. Desde el intento de asesinato con un puro explosivo al medio siglo de embargo económico, la ofensiva permanente de Washington contra el líder cubano sólo jugaba a favor de Fidel, al camuflar los desastres de la economía de comando y ennoblecer todas las medidas del dictador contra sus disidentes.

El endiosamiento de Cuba prospera. Es revelador que los homenajes más calurosos a Castro procedan de la izquierda regional en apuros, cuyos líderes, como Rousseff en Brasil o Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, han sido sustituidos por conservadores pro-mercado o bien se aferran al poder (Venezuela, Ecuador, Bolivia) ante un disenso creciente, economías en dificultades o la falta de honradez política. Una mención especial para la leyenda política brasileña, Luis Inácio Lula da Silva, que ha ensalzado a Castro como “el más grande de todos los latinoamericanos” y va a comparecer en juicio por múltiples cargos de corrupción.

Uno de los trucos más hábiles de Fidel fue el de haber ayudado a Cuba a dar un giro antes de chocar. Se apartó del poder cuando enfermó y dejó que su hermano Raúl cambiase el rumbo del país. Incluso cuando sus aliados de Venezuela, Ecuador y Bolivia protestaban contra la intromisión yanqui, el hermano menor de Fidel daba una calurosa bienvenida al presidente estadounidense Barack Obama en su visita a la isla e instaba a los guerrilleros colombianos, a los que había alentado en su lucha en el pasado, a hacer las paces con el Gobierno.

Puede que haya comenzado el proceso de un cambio de imagen para Cuba, pero la distracción cubana en Latinoamérica continúa. Aún oigo las advertencias de aquellos que me aconsejaban no mudarme a Brasil. Después de todo, la historia que por entonces se contaba en Latinoamérica no era la de una democracia capitalista crónicamente enferma y propensa a los accidentes, sino la de una Guerra Fría centroamericana que, gracias a la presencia dominante de Fidel Castro, gozaba de una vigorosa sobrevida.

No importaba que Cuba fuese una isla autocrática con la misma población que São Paulo pero menos de la mitad del producto interior bruto de la metrópolis brasileña. “Cuba es el agujero negro de América”, me dijo en cierta ocasión Eric Farnsworth, vicepresidente del Consejo de las Américas. “Absorbe toda la atención de la región”. Una de las oportunidades con la muerte de Fidel Castro podría ser un restablecimiento muy necesario del sentido de la proporción en los asuntos del hemisferio. Y este reequilibrio es algo que recibiré con agrado.

Esta columna no refleja necesariamente la opinión de la comisión editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

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